Wanú 1 punto 7

Una suave voz se dejó oír, susurrando un nombre, y, de la nada, se dibujó una silueta vaporosa que, poco a poco, fué tomando forma. El cuerpo; esbelto y menudo, la piel; rosada, la ropa; insinuante, el pelo; largo y rubio, ondulando al viento, y por fín, su rostro, de niña.

Alzó la cabeza con los ojos cerrados, y sonrió al sentir los rayos de sol en su cara. Giró sobre sus talones y echó a correr, saltó, hizo una pirueta, saltó otra vez y abrió los brazos. En ese mismo instante, diminutos haces de luz salieron de su cuerpo y la rodearon, hasta describir un círculo a su alrededor. Se sentó en el suelo con gesto despreocupado, arrancó unas cuantas flores del suelo y las fué trenzando en su pelo, mientras los diminutos seres empezaron a volar por la zona, describiendo bucles en el aire.

Wanú seguía de pie, tras el árbol, a buen recaudo, observando perpleja la escena.

Un nudo le oprimió el estómago. Sus ojos nunca habían presenciado una imagen tan hermosa, y ahora parecía que el mismo cielo se había abierto ante ella. Recordó las viejas historias que habían morado sus sueños de niñez, y un escalofrío recorrió su espalda.

Algo le rozó la nuca y se dió media vuelta, asustada. Abrió los ojos desmesuradamente ante aquel haz de luz que tenía delante.

Al contrario de lo que había pensado, no le ardían los ojos con aquella luz, que dejó de brillar un ápice para abrir paso a una imagen sorprendente, un diminuto ser flotaba dentro de la auréola resplandeciente. Percibió con claridad su mirada, mezcla de confusión y sorpresa, que abrió paso a una amplia sonrisa. Su piel, azulada, lucía completamente desnuda, y su pelo, largo hasta los pies, flotaba sinuosamente como las olas del mar.

Por sus formas se adivinaba que era una diminuta mujer, calibrando su estatura se dió cuenta de que medía lo mismo que el trecho que había entre su muñeca y las puntas de sus dedos.

MINDH! – llamó la niña – MINDH¿Dónde estás?

El pequeño ser voló raudo hacia la niña, abriéndose paso por entre el pelo de Alken, como si se tratase de una cortina, y se inclinó sobre su oreja, como si estuviera cuchicheándole algo. En la cara de la chiquilla se mostró un abanico de sensaciones, pasando de la confusión al miedo y, por último, sonrió, volviendo la cabeza hacia donde estaba Wanú.

Las risas de los pequeños seres retumbaron por todo el bosque, y los ecos las devolvieron amplificadas.

Alken dirigió la vista hacia donde la espectral niña miraba. Y por primera vez se dió cuenta de la figura apoyada en un tronco de árbol, a su espalda.

Wanú seguía sin salir de su asombro, con la vista clavada en aquella extraña imagen, y, aunque su retina percibió el movimiento del hombre, no fué capaz de reaccionar a tiempo.

Mientras tanto, el hombre llegó hasta ella, salvando los pasos que los distanciaban.

Se quedó de pie, sin mover un músculo, esperando una reacción, a los pocos segundos chasqueó los dedos ante ella, que pareció despertar de una hipnosis.

Sus ojos le enfocaron y el corazón le dio un vuelco cuando observó sus facciones detenidamente. A pesar de que no le había visto bien, había sido suficiente como para que permaneciera en su mente. Era el mismo joven con el que había coincidido en la posada. Se quedó en blanco, sin saber qué decir. Le aguantó la mirada, sin bajar la vista al suelo, aunque se sentía intimidada por aquellos ojos verdes.

Por su parte, Alken no mostró emoción alguna, pero en su interior algo se revolvía salvajemente. Como si los dioses del deseo le hubieran escuchado, allí la tenía, lidiando con su mirada, como si demostrase así que no le temía a nada.

Podría intentar preguntarle todo lo que le inquietaba, pero tampoco quería demostrar que en algo le interesaba.

A pesar de no admirar su comportamiento, solía mostrarse desinteresado ante cualquier situación, nunca daba a conocer sus sentimientos reales cuando trataba con alguien.

Jamás había llegado a confiar en nadie, sobretodo en las mujeres que habían pasado por su cama, aún bien las había llegado a querer realmente. No ofrecía placer gratuito, como pudiera hacer cualquiera, puesto que su idea del amor sobrepasaba los límites del deseo carnal y el exceso.

Mas no era capaz de mostrar ese sentimiento, por eso todas ellas habían acabado por odiarle. Y no las culpaba, aunque un poco de resquemor nadaba en su corazón.

Quizás su idea del amor era demasiado diferente, pero deseaba encontrar a alguien que le comprendiese, que supiera navegar por su intrincada alma hasta conocer sus más recónditos secretos. No sería tarea fácil.

Pero todo tenía su parte difícil, nada escapaba a esa regla. Sin ahínco no era posible conseguir nada, bien lo sabía.

Sin mediar palabra, la invitó a seguirle, con un leve gesto de la cabeza, y volvió a su posición, estirándose sobre la hierba mientras cerraba los ojos, atento a los gestos de la muchacha.

Tragando saliva, abandonó su puesto de observación, acercándose con pasos decididos.

Se sentó a su lado, esperando que le dijese cualquier cosa, pero él siguió callado, como si ella no estuviese realmente allí. La cohibición que sentía empezaba a disiparse, reemplazándose por confusión. – ¿Porqué no me pregunta nada¿Acaso no sabe que estoy aquí, a su lado? No, eso no puede ser. –

Arrancó un matojo de hierba y lo observó distraídamente, llevándose una brizna a la boca mientras dejaba caer el restante. La mordisqueó mientras miraba ceñuda al joven, que descansaba con los párpados cerrados.

En fin, me llamo Wanú. – exclamó, intentando romper el hielo. Pero él seguía sin hacerle el menor caso, y a ella le empezaba a cansar ya aquél juego.

Tú… tú estabas antes en la posada “Río Rojo”¿verdad? – le preguntó sin rodeos, esperando que así reaccionase, pero no ocurrió como ella esperaba, siguió tan imperturbable como siempre.

La indignación teñía sus mejillas. Sus manos arrancaban convulsivamente manojos de hierba dorada, mientras sus ojos se cerraban en una fina línea y apretaba los dientes.

Anuncios

~ por eldaya en 14/07/2008.

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